2/10/07

La oscuridad visible: Una mirada al cine de David Fincher


Hace mucho os comentaba que tenía una asignatura de libre elección (Cine de autor) en la que tuve que hacer un estudio sobre un director a mi elección. La excusa que necesitaba para dedicarle un especial a David Fincher. Esto que os dejo ahora es el trabajo tal y como lo entregué. Me costó un poco darle forma, primero quise hacer una evolución estilística y conceptual (suena que parece que estoy diciendo algo importante) del trabajo de Fincher, haciendo un análisis película a película. Pero me atasqué... así que opté por definir algunos elementos constantes en su filmografía e irlos desarrollando.

El resultado final dista de ser el "artículo definitivo" que tenía en mente, pero si puedo decir que he intentado no cortapegar nada ajeno para construir mis argumentaciones. Os lo dejo en dos formatos, en PDF para descargar y en este mismo post. Leedlo como queráis.

Ah! El título. Es evidente que esas cosas no se me ocurren a mí. Me lo facilitó mi hermana y hace referencia a un verso del Paraiso Perdido de Milton.




El reciente estreno de Zodiac y su excelente acogida crítica han vuelto a poner a David Fincher de actualidad. Muchos hablan del gran renovador del cine americano y del cineasta más influyente de la última década. Y eso con tan sólo 6 películas en su haber. En el siguiente estudio vamos a exponer algunas de las señas de identidad de su cine y ver cómo están presentes ciertas constantes en su filmografía.

Filmografía


Alien 3 (1992)

Seven (1995)

The Game (1997)

El club de la lucha (1999)

La habitación del pánico (2002)

Zodiac (2007)



Generación videoclip


A finales de los 70 y durante la década de los 80, la televisión supuso un campo formativo para una generación de directores que después darían el salto a la gran pantalla de manera muy exitosa. Entre éstos encontraríamos a ilustres como Steven Spielberg (su primera película “El diablo sobre ruedas” era una TV movie) o Michael Mann (creador de Corrupción en Miami). Otros como Francis Ford Coppola, John Frankenheimer o George Lucas también experimentaron primero un paso por la pequeña pantalla.

Durante los 80 esta tendencia se verá ligeramente modificada, y la televisión, como escuela formativa, dejará paso al videoclip y a la publicidad. De esta manera se dio paso a una nueva generación de directores que daban el salto a la gran pantalla y que provenían de ese campo. Aquí se formaron Alex Proyas, Michel Gondry, Spike Jonze o Jonathan Glazer. Y entre todos ellos David Fincher, posiblemente el más interesante de esta generación y el que ha llevado una carrera (al menos desde el punto de vista de la crítica) más satisfactoria. Tanto es así que hoy en día está considerado uno de los directores más prestigiosos e innovadores de Hollywood.

Como director formado en el campo del videoclip, gran parte del atractivo de sus películas es visual, siendo para muchos el principal reclamo de su obra. Y es que todas sus películas presentan un intencionado y cuidado tratamiento de la imagen, deudor de lo que se conoce como “estética videoclip”. A grandes rasgos podríamos decir que dicha estética consistiría en aplicar al largometraje ideas y soluciones visuales empleadas en la realización de publicidad y videoclips, donde hay interés por transmitir ideas en menor tiempo y captar la atención del espectador mediante complicados movimientos de cámara o trucajes visuales. Algunas de las características de este estilo son el uso de un montaje rápido, con insertos breves y entrecortados, a veces incluso subliminales, de elementos que buscan incomodar al espectador u ofrecerle información rápida como si se tratara de un anuncio. Si bien estos recursos no conforman un compartimento estanco, y cada director de los arriba mencionados los ha utilizado de maneras muy diferentes, todos ellos comparten un común desarrollo en sus largometrajes de ideas visuales presentes en sus trabajos previos, ya fueran videoclips o anuncios publicitarios.

Los detractores de este estilo señalan que los directores surgidos en este campo tienen tendencia a descuidar sus historias porque solo parecen preocupados por cuidar el aspecto visual de sus trabajos. Muchos alarmistas les han culpado incluso de la actual decadencia del cine comercial, sobre todo el norteamericano. Sin que podamos generalizar, sí es cierto que una parte importante de éstos (Michael Bay, McG, Brett Ratner, Gore Verbinski) fundamentan su cine en el espectáculo visual. En cualquier caso, Fincher tampoco se ha librado de estas acusaciones, como veremos más adelante.

Analizando su trabajo previo al salto a la gran pantalla, Fincher ha trabajado para gente tan dispar como Rick Springfield, Madonna, Paula Abdul o los Rolling Stones. Incluso Bamboleo, de los Gipsy Kings, es obra suya. Quizá la mayor evolución que podemos encontrar en su trayectoria en este campo sea la creciente experimentación. La libertad creativa de la que ha gozado le ha permitido probar numerosas técnicas, digitales o no, para lograr sus resultados. Basten como ejemplos ese homenaje a Metropolis en Express Yourself de Madonna o esos Rolling Stones gigantes que recorren Nueva York en Love is Strong. Fincher se ha atrevido con todo y además, poco a poco, empezó a contar con presupuestos más abultados para sus creaciones.

Es por ello que ideas como rodar un accidente de coche desde el interior o esos insertos subliminales de un personaje antes de que aparezca (ambos ejemplos de El club de la lucha) son el fruto de una mentalidad que conoce múltiples técnicas a la hora de rodar una escena. Y que no se echa atrás cuando se trata de hacerla realidad. De hecho, su temprana formación como técnico en efectos especiales le ha llevado a ser particularmente meticuloso a este respecto en sus películas (con la excepción de Alien 3). Ha apostado por un tipo de efectos de corte realista con los que consigue desde oscurecer los fotogramas de Seven mediante un doble revelado, a hacer una recreación de San Francisco en los años 70 sin que se note la manipulación digital (Zodiac). Fincher es un perfeccionista y escoge con cuidado a sus colaboradores. Seven no sería lo mismo sin la fantástica fotografía de Darius Khondji o los títulos de crédito de Kyle Cooper.

Aún así, la característica que mejor evidencia el pasado de Fincher es algo de lo que también pecan la mayoría de los directores que han trabajado realizando primero videoclips y anuncios. Y es la tendencia a alargar en exceso escenas o tramas para lograr planos secuencia espectaculares, pero que muchas veces nos pueden parecer anuncios camuflados dentro de la película. Además, muchos de esos directores suelen acompañar este tipo de escenas con canciones, por lo que el ritmo de sus películas se resiente al hacer que parezcan más una colección de set-pieces que un todo fílmico compacto. En La ciencia del sueño de Michel Gondry, hay un momento en el que incluso podemos escuchar íntegra una canción de White Stripes, en lo que parecía el último trabajo del director galo para la banda. Afortunadamente no es el caso de Fincher, pero aún así no se libra de haber inflado gratuitamente muchas secuencias para su deleite. En El club de la lucha tenemos uno de estos “momentos anuncio” cuando el narrador recorre su apartamento ojeando un catálogo de muebles. Y La habitación del pánico funciona mejor recordando algunas escenas por separado que como película en su conjunto.

Sin embargo, si de algo puede vanagloriarse es que los muchos hallazgos mostrados en sus trabajos, visuales y argumentales, después han sido copiados hasta la saciedad. Valgan de ejemplo los títulos de crédito y el look visual de Seven o los de El club de la lucha, cuyos planos digitales con gran atención a detalles minimalistas fueron inspiración directa para ese detallismo milimétrico del que se ha adueñado CSI.

Más allá de la fachada, Fincher ha demostrado que es ante todo un gran narrador visual, por encima de todos los efectismos con los que quiera adornar sus películas. La mejor prueba de ello es que muchos de sus fans se habrán sentido decepcionados al ver Zodiac y encontrarse con un tipo de dirección sobria y clasicista. El último reto de Fincher ha sido abandonar su estilo visual, hacer que su inquieta cámara se vuelva invisible.



Títulos de crédito


Por lo general, en la mayoría de sus películas los títulos de crédito pretenden tener un sentido más allá de ser tan sólo un medio para mostrar los nombres del staff de la película. En dos de ellas su importancia es capital, pues nos muestran detalles muy importantes de las historias que estamos a punto de ver.

En Seven, los títulos de crédito diseñados por Kyle Cooper tienen un cometido muy concreto. Logran transmitir información acerca del modus operandi del asesino y a la vez inquietar al espectador mediante la muestra de primerísimos planos de una cuchilla de afeitar seccionando unas huellas dactilares, fotografías escabrosas y páginas llenas de escritos con una grafía que evidencia que estamos hablando de una persona desequilibrada. De hecho el tipo de letra utilizado para presentar a los miembros del equipo es también bastante errático y aparece emborronado y movido sobre un fondo negro. Muchos fotogramas de esta presentación están difuminados o manipulados de tal manera que parece que alguien haya hecho tachones sobre ellos. Y todo se ve acompañado de un remix de Closer de Nine Inch Nails que resulta tan perturbador como lo que estamos viendo en pantalla. Ha sido una pesadilla de dos minutos en la que nos hemos asomado al abismo: la mente del asesino.

Con todo esto se pretende crear una tensión desde el primer momento de la película, pues el asesino no va a aparecer hasta bien avanzado el metraje. Además nos muestran una manera de narrar que busca el efectismo y el impacto siempre mediante la sugerencia de elementos incómodos que nunca se nos muestran de manera directa y clara.

Los otros títulos de crédito que destacar serían los de El club de la lucha, realizados por Digital Domain y que se convierten en la pequeña pero imprescindible pieza del puzzle que da sentido a toda la película.

Fincher maquinó una locura que finalmente llegó a buen puerto. El club de la lucha comienza con un travelling digital inverso que va desde las mismas neuronas del protagonista hasta el exterior, terminando en el cañón de una pistola que sale de su boca. No sólo nos deja un plano muy impactante nada más empezar la película, sino que tiene un significado. Muestra que todo lo que vamos a contemplar en la película está en la mente del protagonista. Es decir, esta es la historia de un perturbado mental y todo lo que sigue a continuación es producto de su retorcida psique, como comprobaremos al volver al mismo punto de partida en la resolución de la película. Hemos empezado en el punto inicial, responsable de toda la locura que viene después: la distorsionada visión de sí mismo que presenta el protagonista y que nace en su propio cerebro.

Asimismo, podemos analizar los títulos de crédito de The Game y La habitación del pánico, que pese a ser mucho más simples (al igual que las pretensiones de las películas de las que forman parte), tienen su significado dentro de las temáticas que abordan. En The Game podemos ver cómo las piezas de un puzzle se descomponen, una manera muy simple de decirnos que la película que vamos a ver a continuación no es más que un juego, un rompecabezas del que se nos van a ir dando poco a poco los fragmentos. Con respecto a La habitación del pánico, los nombres de los responsables de la película aparecen situados junto a edificios de una Nueva York generada por ordenador, en lo que parece ser un homenaje a los títulos de crédito de Con la muerte en los talones. Sin embargo, la referencia apunta también a otro Hitchcock: el de La ventana indiscreta. Se nos ha mostrado escenarios abiertos y a la luz del día en contraposición con una historia que va a transcurrir, de manera claustrofóbica, dentro de una casa y más concretamente en esa habitación del pánico. Fincher quiere que disfrutemos de nuestros últimos minutos al aire libre. Va a encerrarnos también a nosotros allí dentro.


Premisas argumentales


Pese a rodar con grandes estudios y estrellas conocidas, el cine de Fincher presenta cierta anarquía argumental que le lleva a distanciarse de algunos conceptos habituales (la existencia de un final feliz, por ejemplo) que dan forma al cine más comercial. Todas sus películas presentan algún elemento que las aleja de alguna manera de los gustos del gran público. Ninguna de sus películas (exceptuando quizá Seven) ha sido un gran éxito de taquilla, teniendo además dos fracasos muy importantes: El club de la lucha y Zodiac. Ambas tenían presupuestos elevados y sus recaudaciones en la taquilla americana no cumplieron las expectativas. Es importante señalar esto porque a Fincher le cuesta bastante levantar un proyecto y es posible que sea en parte porque sus películas no son recibidas con los brazos abiertos por los estudios.

Él mismo se considera un director contrario a las premisas que rigen el cine más comercial. Alguna vez ha señalado que le gusta combinar películas más personales (Seven, El club de la lucha, Zodiac) con otras más accesibles (The Game, La habitación del pánico). Hace una distinción entre películas (destinadas al público) y filmes (para el público y para otros directores.) Pero lo importante es señalar que esas películas más comerciales tampoco han sido éxitos de taquilla clamorosos, sino más bien divertimentos en los que ha dado rienda suelta a su creatividad tras la cámara. Esto ha servido para alimentar los argumentos de aquellos que piensan que es un vendedor de humo, más preocupado en que se note su huella en las películas que dirige que en cuidar las tramas de las mismas.

También es importante señalar el número de proyectos que se le han agenciado en los últimos años, de los cuales no ha terminado dirigiendo ninguno: Spiderman, Misión Imposible 3, Atrápame si puedes o La dalia negra. Películas destinadas al consumo de masas y que en manos de los directores que se encargaron finalmente de ellas han resultado un éxito. Posiblemente se confrontaran dos visiones distintas para que al final no se hiciera cargo de ninguna de ellas: la de los estudios, que necesitaban películas que dieran dinero, y la suya, que no fue capaz de imponer sus criterios. Un ejemplo es el caso de Spiderman: Sony quería una franquicia y Fincher resolver todo el origen del superhéroe con un travelling que explicara todo en los cinco primeros minutos, para después dar paso a la acción. Sólo hay que ver lo que hizo Sam Raimi con la primera película para comprender qué es lo que querían realmente los estudios.

Y es que, hasta en esas películas que él considera más comerciales, hay rasgos característicos de su cine. Veamos ahora algunas de las características que hacen que sus películas no cuenten con el favor del gran público:

Alien 3:

Pese a ser la continuación de una exitosa franquicia, presenta algunos elementos que desconciertan en una producción de esas características. Ya el inicio de la película es de lo más desolador: tres de los supervivientes de la anterior parte que fueron personajes fundamentales, han muerto. Tal detalle se hace particularmente grave en el personaje de Newt, que había establecido un fuerte vínculo maternal con Ripley y cuyo rescate fue el leit motiv de Aliens.

Descontando el tono oscuro y deprimente de la película, vamos a fijarnos en el desenlace: la protagonista se suicida. Los fans de las dos partes anteriores pusieron el grito en el cielo. Incluso James Cameron se quejó públicamente, pues esta película hacía que la suya careciera de sentido. La fría recepción de la crítica y el público terminaron por hundir a esta obra maldita. Quién sabe si con un final feliz las cosas hubieran sido algo mejores de cara a su aceptación.

Seven:

De nuevo, la ausencia de un final feliz. Durante todo su desarrollo, la película aparece disfrazada de thriller, cuando tiene mucho más de drama, como comprobamos en su resolución. El público aceptó de buen grado la sorpresa final que proponía, pero bien es sabido que el final feliz es una de las etiquetas incuestionables del cine comercial norteamericano desde sus inicios.

The Game:

La manipulada percepción de la realidad que se exhibe. No sabemos en ningún momento por qué está pasando lo que vemos en la pantalla, estamos tan perdidos como el protagonista. Se confunde al espectador y se frustran sus expectativas una y otra vez. Posiblemente muchos no acepten el hecho de que en el fondo no se nos ha contado nada. Al final, después de un giro tras otro, se descubre que todo había sido mentira.

El club de la lucha:

El alocado montaje, la premisa, los saltos narrativos, las referencias metacinematográficas (los personajes hablando a cámara) y sobre todo el tono de la propuesta: una inteligente tomadura de pelo que carece de sentido. Con un supuesto mensaje anticapitalista, complicado de entender y polémico. Muchos críticos señalaron incluso que la película hacía apología del fascismo. Otros que es un canto a la anarquía y a la revolución antisistema. Pocos entendieron la broma, el público le dio la espalda en la taquilla y dividió a la crítica, aunque años después la película ha adquirido un merecido status de culto.

La habitación del pánico:

Ha sido su producción menos transgresora hasta la fecha, su trabajo más acomodaticio. Matizando mucho podemos señalar como elementos anticomerciales la doble moral que presenta uno de los ladrones, pero la película cuenta con un final feliz sin fisuras ni doble intencionalidad que le hizo ganarse un favor del público y se reflejó en la taquilla. Se señaló que quizá el tema principal (la carencia de seguridad) podía ser incómodo para ciertos sectores de un público que tenía todavía muy recientes los atentados del 11-S. Pero la verdad es que sirvió para que los estudios volvieran a confiar en Fincher tras el fracaso que supuso El club de la lucha.

Zodiac:

Muchos esperaban una especie de vuelta a los esquemas que dieron forma a Seven al repetirse la idea del asesino en serie. Y Fincher ha hecho justo lo contrario, una película cuya mayor influencia es el cine de los años 70, de ritmo vibrante y duración (más de dos horas) muy dilatada. Donde se arroja una gran cantidad de información al espectador pero no se le dan respuestas. Zodiac, al igual que el caso real en el que se inspira, carece de final. Además, ha contrariado a muchos de sus fans primigenios al abandonar su estilo visual en beneficio de una narración clasicista que rehúye de cualquier efectismo innecesario.

Al menos hay dos características importantes más que comparten todas sus películas y que la alejan de lo que está estudiado como las preferencias del gran público: la duración (siempre rondando las 2 horas) y la clasificación por edades. Fincher no ha rodado todavía una película que dure 90 minutos o que vaya dirigida al segmento de edad comprendido entre los 15-25 años, el que actualmente da dinero a los estudios y explica el éxito de blockbusters como Shrek, Spiderman, Piratas del Caribe o la futura Transformers. Al igual que también nos hace comprender el pésimo boca a boca que ha tenido Zodiac y su negativa repercusión en taquilla.



Leyendo entre líneas.


Al igual que las novelas de Raymond Chandler, el cine de Fincher se vale de ciertos convencionalismos de género para hablarnos de otras cosas que encontramos leyendo entre líneas.

Si de algo se acusa a la llamada “generación del videoclip” es de ser un conjunto de directores que dan mucha importancia al aspecto visual de sus películas pero no al contenido y consistencia de las historias que manejan. Muchos detractrores de Fincher afirman que en sus películas se vale de complicadas tramas que no es capaz de llevar a buen puerto y que le valen de excusa para lucirse tras la cámara. Las películas que han sido víctima de esta afirmación han sido, sobre todo, The Game y La habitación del pánico. Dos producciones que Fincher reconoce como menores, comparadas con el resto. Y aún así ambas esconden en su interior ciertas peculiaridades que les hacen ser tan genuinas de Fincher como el resto. En este punto vamos a intentar desmontar esas acusaciones viendo que su cine tiene una intencionalidad muy marcada por una personalidad muy crítica y pesimista con la sociedad actual.

Podríamos hacer diversas lecturas en Alien 3, pero no será hasta Seven cuando Fincher empiece a desarrollar un discurso que repetirá en el resto de sus películas.

En un primer vistazo, Seven se revela como un thriller con asesino en serie al uso, siguiendo además las directrices de una buddy movie con dos personajes antagónicos a cargo de una investigación y condenados a entenderse. Se cae además en los tópicos más habituales, uno es blanco y el otro negro, repitiendo así el esquema de otras películas como Arma Letal. Pero esto es tan sólo la superficie de una cinta en la que se nos habla de otras muchas cosas.

Bajo esa investigación policial encontramos un interés por subrayar un discurso en torno a la decadencia y deshumanización de la sociedad actual. Dicha argumentación comenzará a ser parte importante y lugar de visita obligada en su cine a partir de aquí. El marco de referencia y objeto de su crítica será un tipo de sociedad capitalista, cosmopolita y urbana. No es casualidad, por tanto, que los crímenes de John Doe apunten a sus hábitos más acomodados y complacientes, donde los individuos parecen haber olvidado cualquier valor moral en la búsqueda del placer inmediato. También tenemos que destacar el retrato que se hace de la prensa en la película, culpable de alimentar las ansias megalómanas del asesino con su amarillismo. De hecho, el medio que tiene John Doe de obtener información privada del detective Mills es hacerse pasar por un paparazzi y lograr sacarle unas fotos en la escena de un crimen.

Seven centra sus esfuerzos en hacer un retrato de la realidad teñido de pesimismo. La sociedad que se nos muestra no sólo es así por esa pérdida de valores, sino que arrastra irremediablemente al fatalismo a las personas que viven en ella. Podríamos considerar al personaje de Tracy como la representación de la esperanza, una muestra de humanidad subyacente en un contexto donde no tiene cabida. Y que por eso esta condenada a desaparecer.

Esa crítica al modelo de sociedad capitalista la encontramos presente también en The Game, El club de la lucha y La habitación del pánico. El cine de Fincher está repleto de personajes descontentos con sus vidas, aquejados de crisis existencialistas y perdidos en los núcleos urbanos que habitan, aunque, en teoría, son personas con solventes recursos económicos que deberían ser felices.

Hay una serie de temas recurrentes, una especie de moraleja implícita: no podemos fiarnos de nadie y está claro que el dinero no da la felicidad. Todo lo contrario, es la causa principal de los problemas en los que se ven atrapados sus protagonistas.

Así, en The Game, Nicholas Van Orton es incapaz de llevar una existencia placentera, pese a vivir en una mansión y ser un reputado y exitoso hombre de negocios. No será hasta el momento en el que se vea implicado en el perverso juego que le regala su hermano cuando se sentirá realmente vivo. Un juego en el que, no por casualidad, se verá despojado de todo lo que alimentaba su posición social: el dinero y el poder. La elección de Michael Douglas para representar al millonario tuvo mucho sentido puesto que venía a ser otra pieza del puzzle que constituye la película. Si en los 80 se hizo popular su papel de broker en Wall Street (Oliver Stone, 1987), su Nicholas Van Orton de The Game sería el reverso oscuro del ganador. De nada sirve ser un triunfador social, un tiburón de los negocios. La existencia de Van Orton antes de verse sacudida por el juego era bastante deprimente.

En El club de la lucha tenemos también una crítica nada encubierta a esos usos y costumbres. La sociedad ha preparado al protagonista para ser un triunfador, pero, pese a su éxito, su vida está vacía. Es por ello que tiene que acudir a grupos de ayuda fingiéndose enfermo de cáncer o alcohólico. En esta sociedad donde todo se compra estos sitios son su pequeña ración de humanidad, donde puede establecer un contacto directo con otras personas que no tienen reparos en mostrar sus emociones (lloran porque están a punto de morir o han sufrido una enfermedad horrible). Aquejado de un fuerte insomnio, poco a poco va generando un alter-ego que resulta ser todo aquello que él no es. Exitoso con las mujeres, carismático y, lo más importante: antisocial. El protagonista encontrará el sentido de su existencia cuando pierda todo lo material, todo lo que la sociedad le ha dicho que necesitaba para ser feliz y que no le ha dado satisfacción. En su locura rechaza los principios que rigen este sistema, el trabajo y los bienes materiales. Y encuentra refugio en una sociedad clandestina que él mismo funda y que se basa en una emoción primaria: peleas a puñetazos. De hecho el fin último de esa sociedad reside en un plan (Proyecto Mayhem) mediante el que dinamitarán todos los edificios que representan el poder financiero. Para crear un colapso anárquico y volver a los orígenes, rechazar el progreso que ha traído este modo de vida en el que todo se puede comprar y vender por dinero.

Esta crítica no está exenta de ironía: quien rechaza este modelo de sociedad es un loco. Pero un loco que es producto directo de la misma, y que será quien muestre a los demás la decadencia en la que están inmersos. Algo similar en el fondo a lo que hacía el John Doe de Seven. Ambos son dos perturbados mentales con fines megalómanos que persisten en mostrarnos que hay algo que no funciona. Prueba de ello son todos los miembros de El club de lucha, representación de una nueva Generación X que carece de valores, principios e ideología.

En La habitación del pánico, de nada sirve a la acomodada protagonista el haber comprado un edificio de lujo en uno de los mejores barrios de Manhattan, pues será eso mismo lo que atraerá a los ladrones que quieren desvalijarla. Además, esos ladrones no quieren simplemente robar la casa (con lo que la protagonista podría haber permanecido en esa habitación sin mayor peligro), lo que quieren, que es dinero, está precisamente en la habitación. Y el plan de los ladrones fracasará principalmente por la codicia de cada uno de ellos. El jefe ha ocultado información del dinero que van a robar, para llevarse una mayor parte. Y uno de los ladrones, el más violento, no tendrá reparos en matar para conseguir su objetivo.

Por último en Zodiac, las tintas se cargan de nuevo contra la prensa. La difusión que se le da a los crímenes del asesino del zodiaco alimenta la obsesión de éste, que usa la atención desmedida que le han dedicado los medios de comunicación en su propio beneficio. Pese a tener unas intenciones distintas a las de Seven también encontramos aquí una crítica a esa prensa sensacionalista que ayuda a instaurar el miedo y la paranoia en la sociedad. Y cubiertas por ese miedo vemos las verdaderas intenciones de Zodiac, una película que habla de la obsesión, de la desesperación por dotar de sentido a nuestras vidas. Eso explica el comportamiento de Graysmith, que dedica su existencia a tratar de desenmascarar al asesino de una forma casi enfermiza. En su cruzada antepone ese propósito a su propia familia o empleo, dos facetas que deducimos no son especialmente satisfactorias al tener que refugiarse en esa obsesión, posiblemente como vía de escape ante el mundo que le rodea.



Jugando a ser Dios.


A Fincher le gusta manipular a sus personajes, someterles al engaño y la frustración. Ir acumulando una tensión que desemboca en situaciones límite. Y que logra su propósito porque no se limita a jugar con sus creaciones, sino que se extiende al espectador.

En sus historias acostumbra a situar la mirada del espectador a la altura de la de los protagonistas. De esta manera, como espectadores, manejamos la misma información que tienen ellos y estamos expuestos al mismo grado de sorpresa. Se produce una implicación emocional entre lo que les está pasando a los personajes y lo que sabemos nosotros. Fincher no quiere que disfrutemos viendo lo que les pasa. Quiere que nos sintamos como ellos.

En Seven, exceptuando esos créditos iniciales que nos aportan una información muy abstracta, se nos invita a seguir la investigación al mismo nivel que los detectives. En la película nos limitamos a acompañarles a las escenas del crimen, y en ellas estamos tan perdidos y horrorizados como ellos. No hemos tenido ocasión de ver lo que ha ocurrido previamente, ni conocemos nada que nos permita saber por qué se están produciendo estos asesinatos. Estamos tan perdidos como los propios protagonistas, porque no sabemos lo que está pasando. En cualquier otra película de asesinos en serie tenemos la contrapartida visual de las actuaciones del asesino, que nos permiten conocer su forma de actuar y pretensiones. Esta contrapartida suele correr paralela a la investigación, sin que los policías encargados del caso sepan lo que hemos visto nosotros. Pero en Seven se juega de forma inteligente con esta característica, al no mostrarnos ni los asesinatos ni al asesino hasta el tramo final de la película. Es por eso que el clímax funciona, hemos comprendido el maléfico plan de John Doe a la vez que los detectives.

En The Game queda al descubierto este truco que emplea Fincher con un matiz que fue objeto de muchas críticas. ¿Por qué los implicados en el juego siguen actuando cuando Nicholas no los ve? La respuesta es fácil. Lejos de ser un fallo de guión, el juego que propone la película funciona a un doble nivel. Nosotros estamos participando del mismo engaño que el protagonista.

Un engaño que también se hace patente en El club de la lucha. Aquí se nos dan unas indicaciones leves (los títulos de crédito, fotogramas subliminales de Tyler, el momento en el que el narrador se pega a sí mismo y nos dice que le resulta familiar) para decirnos que el narrador es un perturbado, pero sin hacer hincapié en ello, de manera que no sepamos que tiene un problema de desdoblamiento de personalidad hasta el final. La manipulación es directa, al estilo de El sexto sentido de Shyamalan. Los siguientes visionados de El club de la lucha nos revelarán que Marla, Tyler y el narrador nunca han estado juntos en la misma habitación. Pero también tenemos la escena de la pelea en el aparcamiento del bar entre el narrador y Tyler. El espectador ha experimentado lo mismo que éste: una pelea. La realidad era que se estaba pegando a sí mismo. Hemos compartido los delirios de un loco durante toda la película. Y al final ya no hay vuelta atrás, ni para el Proyecto Mayhem ni para nosotros.

Pero la identificación mayor con sus protagonistas se da en Zodiac. Por todos esos elementos que hemos visto, pero sobre todo por la insistencia en seguir un caso que no se resuelve. A Fincher no le importa aburrir al espectador si hace falta. Y ése es precisamente el estado anímico que tienen los protagonistas de Zodiac, tras años de una investigación que no les lleva a ninguna parte. Ni a ellos ni a nosotros. Zodiac es un entramado inmenso de datos y sinsabores que no saca nada en claro. No es la historia de una investigación ni de un asesino en serie. Es el retrato de una obsesión, de cómo necesitamos agarrarnos a algo para dar sentido a nuestras vidas (como reza su inteligente frase promocional “Hay muchas maneras de entregar tu vida a un asesino”).

También cabría mencionar que si los protagonistas de sus filmes y los espectadores son sus peones de juego, los marcos en los que desarrolla sus historias serían el tablero que extiende para jugar con ellos (y esto es una característica que se da en todos sus trabajos).

Fincher maneja los espacios de manera que constituyan un protagonista más, muchas veces tan importante como los propios personajes físicos. De esta manera, la ciudad en la que se desarrolla Seven termina ejerciendo una influencia tan importante como la del propio asesino, sobre todo en el plano anímico y en el tono de la película. Es el ejemplo de un espacio que oprime a los protagonistas, que se muestran desubicados en ese contexto.

Y Fincher disfruta encerrándolos allí, porque es lo que permite llevar a cabo sus historias. Construye entornos hostiles en los que sus creaciones no puedan desarrollarse porque se ven limitados por ese mismo entorno. Podríamos hablar de cárceles incluso. Fiorina 161, la ciudad de Seven, el juego en el que se ve envuelto Nicholas Van Orton, la sociedad capitalista, la habitación del pánico (la obsesión por encerrar a sus personajes llevada al extremo) o la propia San Francisco de Zodiac como muestra de una inseguridad y paranoia latentes. Todos estos modelos condicionan las aspiraciones de unos personajes que buscan escapar, pero que no pueden. En las historias de Fincher subyace la huída: no es hasta el momento que se ha escapado de esas cárceles cuando se alcanza la paz interior. Y si no se puede escapar de ellas (Seven, Zodiac), dicha cárcel se convierte en una obsesión bajo la que hemos encerrado nuestras vidas.



Más difícil todavía


Como ya hemos visto, su etapa de realizador de videoclips le ha dado a Fincher una capacidad de experimentación que ha aplicado a sus trabajos como director. En sus películas hay muchas escenas que se podrían haber resuelto de otra manera mucho más sencilla. Pero Fincher no quería hacer nada que hubiéramos visto antes.

Alien 3:

De Alien 3 vamos a quedarnos tan sólo con una escena, que además le salió bastante mal pero es una de las más destacables de la película. Hacia el tramo final hay una persecución por unos pasillos en la que Ripley y algunos de los reclusos de Fiorina 161 quieren encerrar a un alien, cerrando las puertas a su paso. Lo destacable es que la cámara adopta la mirada subjetiva del alien en dicha persecución. Como digo la escena puede considerarse fallida porque se nota una carencia de presupuesto y planificación a la hora de rodarla. Pero fue curioso ver como la cámara simulaba moverse como el alien, pasando del suelo al techo y mostrándonos la imagen boca abajo.

Seven:

El mayor reto de Seven era presentarnos las escenas del crimen de tal manera que dedujéramos lo que allí había pasado. Que nos impactaran los terribles asesinatos de John Doe sin tener que verlos. Y de esta manera cada una de esas escenas presenta una estudiada combinación de elementos que provocan nuestra repulsión. La más efectiva y visceral de todas ellas es la primera, la casa donde se ha llevado a cabo el crimen de la gula. La iluminación es oscura y los puntos de luz natural están estratégicamente situados. Y la estancia está repleta de elementos que la hacen desagradable con tan sólo echar un vistazo. La suciedad, el cubo con los vómitos de la víctima, el aspecto de la propia víctima… la eficacia se logra de una manera parecida a la publicidad. Basta un vistazo del espectador para comprender lo que ha ocurrido allí.

Al igual que eran importantes esas escenas del crimen, también lo era la deprimente atmósfera de la ciudad. Se dice que los fotogramas de la película fueron retocados químicamente para darle ese aspecto. Un prodigio de trabajo en la fotografía y un ejemplo de que Fincher utiliza toda técnica que caiga en sus manos para lograr su propósito.

>The Game:

Fincher aprovecha sus películas más comerciales para dar rienda suelta a su creatividad visual. Y parte de la excesiva duración de The Game encuentra su explicación en esto.

Si algo predomina en esta película es la elegancia con la que está rodada, pero también denota un afán por encadenar una escena espectacular tras otra. Podríamos destacar muchas cosas, como las acertadas tonalidades que se manejan (sobre todo el contraste entre el infierno que está viviendo el protagonista –colores oscuros- y su resurrección cuando aparece en la frontera de México –colores claros e iluminación cegadora-).

Pero la escena que se comentó mucho en su día fue la del suicidio de Nicholas Van Orton al finalizar la película. Y que no está filmada del modo que acostumbramos a ver; de hecho en la misma película ya tenemos otro suicidio (el del padre de Nicholas) que sí está firmado de la manera tradicional. En esta ocasión asistimos a un momento casi publicitario que intercala primeros planos y distorsión en sus fotogramas, en la que está considerada una de las mejores caídas jamás filmadas.

El club de la lucha:

Es difícil enumerar todos los hallazgos visuales que El club de la lucha presenta porque es el máximo exponente del más difícil todavía en el cine de Fincher. Ya en los títulos de crédito se desarrolla una técnica (fotogrametría, que se usa para trazar mapas pero que aquí la aplica a generar modelados 3D) que aprovechará a lo largo de toda la película y que será la base para las escenas más recordadas de La habitación del pánico.

Consiste en travellings generados por ordenador en los que hay un gran enfoque sobre elementos pequeños, microscópicos (las neuronas del protagonista en los créditos) y donde la cámara se mueve por espacios tales como la parte de atrás de un frigorífico. Hemos visto cómo una seña de identidad en su cine es el empleo reiterado de numerosos planos detalle haciendo hincapié en elementos que nos dan información rápida. Con todo esto se permite hacer un enfoque a elementos en lugares en los que no puede filmar una cámara, como el fondo de una papelera.

Lo más destacable de esta técnica es que está hecha de tal manera que no parece que se haya usado el ordenador. Tenemos secuencias como el principio, cuando unos movimientos de cámara nos revelan donde están las cargas explosivas del Proyecto Mayhem, o cuando explota el apartamento del narrador, que no podrían haberse hecho de otro modo. Esto posiblemente sea el hallazgo más importante pero tenemos muchas cosas más:

Planos subliminales donde Tyler se nos muestra fugazmente mucho antes de que aparezca en escena, reflejo de la creciente degeneración mental del narrador que está creando esa proyección idealizada de sí mismo.

Manipulación de fotogramas, como cuando los protagonistas están hablando a cámara en un momento de la película y éstos aparecen movidos y rotos. Congelados y difuminados como en la secuencia de sexo entre Marla y Tyler o con la aparición de muebles y precios del catálogo de Ikea cuando el narrador está paseando por su apartamento.

Incluso se da el empleo de técnicas más rudimentarias para conseguir esos propósitos, como el uso de un taladro en la base de un trípode que sostiene a la cámara para dar un efecto de temblor en la imagen.

Pero el ejemplo con el que podemos ver que Fincher quería innovar a toda costa es con la escena del accidente de coche. Cualquier otro director la hubiera resuelto de otra forma, quizá más efectiva. Pero él quería hacer algo que no se hubiera visto antes: rodarla desde dentro del habitáculo.

La habitación del pánico:

El guión de La habitación del pánico es uno de los más inconsistentes que ha manejado Fincher, pero seguramente se vio atraído por la historia que le valía de mero McGuffin para poner en práctica muchas ideas y extravagancias visuales.

La habitación del pánico está repleta de escenas tan gratuitas como espectaculares. Se rumorea que en un principio Fincher aceptó dirigirla porque quería hacer algo parecido a lo que hizo Hitchcock en La soga: rodarla por completo mediante un solo plano secuencia. Finalmente la dificultad que entraña una idea así le llevó a desistir de tal empresa, pero eso no impidió que la película tenga numerosas escenas para el recuerdo. Lo más destacable es el travelling digital que sucede al poco tiempo de empezar la película, cuando los ladrones están fuera de la casa y quieren acceder al interior. La cámara campa a sus anchas por el habitáculo y hace cosas como introducirse en una cerradura o pasar por el mango de una jarra. Se han vuelto a emplear esos recursos infográficos fotorrealistas que permiten a Fincher fijar su atención al detalle de forma minimalista.

Pero la cámara no sólo goza de esa libertad en el famoso travelling. Durante el transcurso de la película atravesará paredes, se introducirá en un conducto del aire, en una tubería o en el filamento de una bombilla. Como podemos comprobar todas estas escenas podían haberse resuelto de forma más sencilla, pero en La habitación del pánico la huella de Fincher es, ante todo, visual. Quiere que se note su presencia y por eso abusa de esos movimientos de cámara imposibles y generados por ordenador.

Zodiac:

La crítica ha sido bastante unánime a la hora de considerar Zodiac como una de las mejores películas de este año. Pero a muchos de los fans que alababan el toque visual que Fincher ha venido usando a lo largo de los años les ha sorprendido muy negativamente. Y es que en Zodiac, la presencia de Fincher a la cámara es invisible. Tan sólo se permite un par de excesos visuales: cuando los detectives entran en la redacción del periódico, Graysmith los observa y comienzan a aparecer los acertijos del asesino en la pared (en una escena que recuerda a la del narrador del club de la lucha deambulando por su apartamento) y la reconstrucción de un edificio famoso de San Francisco, que nos sirve para hacer una elipsis temporal.

En Zodiac no hay pirotecnia ni Fincher pretende demostrar nada que no se haya hecho todavía. El estilo de dirección es totalmente clasicista y en la pantalla se deja traslucir un nada oculto homenaje a Todos los hombres del presidente. Si el propio enfoque de la película ya desconcertó a quienes esperaban ver una segunda parte de Seven, el hecho de que Fincher abandonara su estilo para adaptarse a las necesidades de la historia lo hizo mucho más.

Con ello ha demostrado muchas cosas, que es ante todo un narrador de historias y que utiliza todos los recursos visuales de los que disponga para hacer énfasis en aquellos elementos que le interesa mostrarnos. Eso explica esa elegancia a la hora de filmar de noche (al estilo de Michael Mann) o ese ímpetu en hacer un retrato lo más fiel posible a la época en la que se desarrolla. Zodiac esta plagada de imperceptibles efectos digitales, casi todos destinados a lograr ese realismo que se busca, mediante la modificación de edificios o del tipo de iluminación.

Y también le ha servido para tapar algunas bocas que criticaron su conformismo con La habitación del pánico, al hacerse cargo de una apuesta totalmente contraria a los gustos actuales de la taquilla.



Final sorpresa, giro final


Otra de esas características que salpican el grueso de su filmografía es la presencia de un final sorpresa, un giro final que impacta al espectador y redefine la película tal y como la habíamos estado entendiendo hasta ese momento.

Ya en Alien 3 sorprendió que la protagonista se suicidara al saber que albergaba a un alien a punto de nacer en su interior. La película había sido bastante más sombría y depresiva que sus predecesoras durante su transcurso, pero pocos esperaban que el final fuera tan desolador y, sobre todo, tan anticomercial. Posiblemente ésta (entre otras cosas, pues también fue víctima de un rodaje muy accidentado con reducciones presupuestarias importantes, e infinidad de problemas en los que no vamos a profundizar) fuera una de las causas responsables de la pobre aceptación que tuvo la película.

Sin embargo, y pese a que el propio Fincher reniegue de esta película, comprobamos que los elementos que daban forma a ese desenlace iban a repetirse en sus futuros trabajos. A Fincher le gusta crear en sus películas una tensión que cada vez se va haciendo más insostenible, hasta desembocar en un final que arroja a sus protagonistas a una situación límite. El suicidio también estará presente en The Game y El club de la lucha, contemplado como única vía de escape ante un conflicto interno que no deja otra alternativa. En cualquier caso, y exceptuando Zodiac, en su cine encontramos unos clímax que son el resultado de una tensión que se acumula a lo largo de la película.

Sea como sea, el giro final por el que se recuerda a Fincher es el de Seven. Lejos de moderarse con vistas a agradar a un sector de público más amplio, la resolución de la historia suponía un jarro de agua fría para los que estuvieran esperando que este dramático thriller tuviera un final feliz. En este caso la tensión explota al conocerse el contenido de la caja: la cabeza de Tracy, esposa del detective Mills. El plan de John Doe, el asesino, ha funcionado a la perfección. Aunque éste muera acribillado a balazos por Mills, no hay lugar para la redención en este desenlace. El mal ha ganado.

Impactó hasta tal punto que desde entonces siempre se ha esperado una sorpresa final con cada nuevo trabajo suyo, como si fuera una marca de la casa. Su influencia fue tan grande que a partir de aquí surgieron múltiples imitadores que pretendían sorprender al espectador en el último momento. No sólo eso, sino que instauró una moda mediante la cual muchas propuestas comerciales se apuntaron al carro del “final infeliz”, algo que se produce en contadas ocasiones en el cine comercial norteamericano y que pareció encontrar su excusa tras el éxito comercial de Seven.

El final en el cine de Fincher es su as en la manga para dar sentido a la historia que está contando. En Seven no sólo sorprendió al espectador, sino que se unía al guión de Andrew Kevin Walker para proporcionar una justificación aterradora y moralmente incómoda a las motivaciones del asesino.

The Game generó opiniones encontradas porque su guión contenía muchas fisuras y elementos bastante difíciles de creer. Pero su clímax, donde vemos que todo ha sido, simple y llanamente, un juego, justifica todo el visionado de la película y le da sentido. Hemos sido engañados, los espectadores y Nicholas Van Orton, el protagonista. Sin este tramo, la película carece de sentido. Lo importante no es sólo que se haya dado una resolución al relato, sino su coherencia con lo que hemos estado viendo y con la filosofía particular del cine de Fincher. Porque el final de The Game es el resultado de acumular un engaño tras otro, de llevar la tensión a un límite que conduce a que el protagonista salte desde lo alto de un edificio (al igual que Ripley saltara en Alien 3). Después de todo esto Fincher continúa su broma: todo era mentira. Tensión acumulada hasta sus últimas consecuencias en un final feliz que no lo parece ni cuando ya sabemos que no habrá más sobresaltos.

En el largo clímax de El club de la lucha, el narrador (Edward Norton) intenta evitar las consecuencias finales del apocalíptico Proyecto Mayhem, planificado a la perfección por su alter ego, Tyler Durden. El espectador vuelve al punto de partida inicial, puesto que toda la película se ha desarrollado en un denso flashback. La resolución es rocambolesca e imposible de creer: Incapaz de controlar a Tyler, el narrador se dispara en la boca, buscando así acabar con los dos. De nuevo el suicidio como desenlace de un conflicto inmanejable. El narrador sobrevive al desviarse el disparo y desgarrarle tan sólo la boca mientras que Tyler, el producto de su imaginación, cae al suelo. La parte racional se ha impuesto, pero ya es demasiado tarde. Las bombas se activan y los edificios empezarán a derrumbarse al compás de “Where is my mind?” de Pixies. ¿La excusa de Fincher para esta locura? Todo estaba en la cabeza de un perturbado. Y antes de que salgan los créditos finales no perderá la ocasión de insertarnos un fotograma subliminal de un pene (al igual que hacía Tyler en su trabajo de proyeccionista, boicoteando películas infantiles). De nuevo todo ha sido un engaño.

En La habitación del pánico se aprecia una moderación en este aspecto y encontramos uno de sus finales menos sorprendentes donde lo único destacable es esa doble moral que presenta el personaje de Burnham, al volver a la casa para salvar a Meg de su compañero. Sin embargo no es nada que no nos esperásemos viendo cómo se habían desarrollado los acontecimientos durante la película. Esta vez la escalada de tensión había llegado a su punto más álgido minutos antes de ese tramo final, cuando Meg está preparándose para el momento en el que los ladrones salgan de la habitación del pánico con su hija.

Para terminar, con Zodiac, Fincher quizá busque reinventarse porque la historia no presenta un giro final ni esconde una sorpresa. De hecho no podemos considerar que haya un clímax como tal ni que la película tenga un final. El giro, esta vez, consiste en que no hay giro. El caso no se ha resuelto, al igual que en la vida real. Y lo único que le queda al espectador es un cúmulo de preguntas sin resolver.


11 comentarios:

  1. Llevaba mucho tiempo esperando leer este trabajo asi que lo voy a devorar... pero mañana, que ahora me caigo de sueño :(

    Saludetes.

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  2. Uno de mis directores preferidos. Esto va directo a favoritos porque tengo ganas de leerlo y ahora mismo no tengo tiempo. Ya te comentaré por aquí lo que me ha parecido.

    Un saludo.

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  3. Muy bueno el trabajo.

    Yo me confieso "fan estético" de Fincher, y mis películas favoritas de este hombre son "El Club de la Lucha" y "Panic Room". De "Zodiac" me gustó mucho el tratamiento del personaje de
    Jake Gyllenhaal, pero ese enfoque basado en dar datos a cascoporro la hace un poco indigesta. Quizás Fincher no puso en práctica en esta ocasión la capacidad de síntesis mostrada en trabajos anteriores.

    En el tema titulos de crédito, a mi , sin duda los que más me gustaron fueron los de "Panic Room". El efecto que produjeron en mi fue una sensación agorafóbica, como que las ciudades están sobredimensionadas para el individuo y su cordura.

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  4. Ya mismo me dispongo a leer este informe sobre uno de los directores que más me atraen del cine actual sobre todo por el manejo de las herramientas de la dirección que utiliza en guiones sólidos. Saludos!

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  5. Ya era hora de que lo colgaras, amigo.

    Excelente artículo.

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  6. Gracias Forfy, una lectura imprescindible para disfrutar por primera vez de Zodiac (sí, aun no la he visto), de esta semana no pasa. Saludos!

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  7. Excelente artículo, de verdad. Eh disfrutado mucho leyéndolo. Enhorabuena.

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  8. guste más o menos (mi caso), realmente este director es uno de los más importantes del momento y su trabajo un señor curro.. ¡felicidades!

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  9. realmente lleva una buena filmografía el tio, a mi me gustó la habitación del pánico, me encantó seven y Zodiac me parece una obra maestra.

    Le falla controlar el ritmo de las películas, creo reocrdar no haberme dormido antes en un cine. Pero viendo Zodiac ocurrió, y tuve que volver a verla después de una buena siesta.

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  10. Ya lo he leido (y disfrutado). No comparto algunas cosillas (no creo que en Zodiac haya renunciado a su estilo visual ni mucho menos) pero me ha encantado. Destaco, sobretodo, la perfecta estructuración del trabajo... muy Fincher, si señor.

    Pd: espero que te pusieran de 9 para arriba.

    Saludetes... y ponte un vídeo en Un día, un videoclip, que ultimamente estás muy vago jejejeje

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  11. No se porque tanto revuelo con Fincher, a mi me parece un director correcto.

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